3 de abril de 2016

MINDFULNESS, ATENCIÓN PLENA



Mindfulness o “atención plena-conciencia plena” es una práctica avalada por la comunidad científica internacional que se ha extendido enormemente en los últimos treinta años, y cuyo origen esencial se remonta a disciplinas ancestrales de meditación. La ciencia moderna está finalmente validando empíricamente el mecanismo de transformación mente-cuerpo utilizado por sabios y maestros de todas las épocas.

La base del mindfulness consiste en prestar atención a los pensamientos, las emociones y las sensaciones sin juzgar ni elaborar mentalmente la naturaleza de lo que recibimos. La clave reside en la aceptación de lo que surge, momento a momento, sin detenernos a dotarlo de significado o contenido, puesto que las imágenes mentales o los estados emocionales que recibimos durante la práctica de cualquier disciplina contemplativa suelen tener como ejes principales la rumiación (recuerdos del pasado cuya carga emocional es eminentemente negativa) o las expectativas del futuro (principalmente preocupación acerca de un futuro potencialmente negativo). Este estado de aceptación permite que el cerebro pueda enfocarse en lo que sucede sin necesidad de preocuparse compulsivamente acerca de su origen, sus causas y sus consecuencias, lo que favorece que la mente consciente se expanda y que nos convirtamos en protagonistas activos de nuestra salud física, mental, emocional y espiritual.

El cerebro detecta información negativa más rápidamente que la positiva. El miedo se percibe antes, ya que el cerebro antiguo ha estado evolutivamente más tiempo trabajando en ese sentido, y las funciones cerebrales superiores son relativamente recientes. Gottman (1995) afirma que se requieren 5 interacciones positivas para lograr el mismo peso específico en el cerebro que una interacción negativa. Es decir, debemos esforzarnos por favorecer interacciones positivas, gratificantes, puesto que el cerebro, de forma natural, tiende a centrarse más en las negativas.

Durante una práctica contemplativa, o durante nuestro día a día, el cerebro nos lo pone ciertamente difícil: sigue rastreando lo negativo en nuestra memoria y conciencia. Se ha demostrado en diversos estudios que un minuto entreteniendo un pensamiento negativo deja nuestro cuerpo en una situación delicada durante seis horas. El estrés, esa sensación de agobio permanente, produce cambios muy sorprendentes en el funcionamiento del cerebro y en la constelación hormonal: tiene la capacidad de lesionar neuronas de la memoria y del aprendizaje localizadas en el hipocampo. Y afecta a nuestra capacidad intelectual porque deja sin riego sanguíneo aquellas zonas del cerebro más necesarias para tomar decisiones adecuadas. Además, el sistema inmune queda gravemente debilitado.
Un valioso recurso contra la preocupación es llevar la atención a la respiración abdominal, que tiene por sí sola la capacidad de producir cambios en el cerebro. Favorece la secreción de hormonas como la serotonina y la endorfina y mejora la sintonía de ritmos cerebrales entre los dos hemisferios.


Publicado por: Ángeles Torres